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Leonardo Carrera Airola, académico de la Licenciatura en Historia de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar, explica novedosos aspectos sobre esta tradicional celebración a través de los años.

La navidad nace en Chile a principios de la época colonial, con la importación de la civilización cristiana occidental llevada a cabo por los conquistadores y misioneros españoles. Al conmemorar uno de los misterios centrales de la fe cristiana, la Navidad se constituyó en una de las fiestas religiosas más importantes del tiempo litúrgico dentro de la Europa medieval. Al igual que en toda Europa, la celebración de Navidad arraigó en España, siendo motivo de diversas expresiones artísticas (como, por ejemplo, la pintura, la música, la poesía, el drama y los retablos), al mismo tiempo que, con su reiteración anual (atravesada por el boato y por un conjunto de ritos), daba pie a una atmósfera o tonalidad peculiar que rompía con el curso ordinario de la existencia, propiciando un desborde del sentimiento religioso y una participación activa de todos los fieles durante la festividad. Entre las manifestaciones más populares de la tradición navideña que pasó a América y a Chile, cabe destacar el cántico de villancicos, el montaje de pesebres y las representaciones escénicas con el cortejo de pastores y reyes magos que llegaban a venerar al Niño-Dios, María y José.

Características en sus inicios

“A modo general, la tradición navideña tenía un marcado sentido religioso. No podría haber sido de otro modo en una sociedad profundamente condicionada por la connivencia que se había fraguado entre la Corona española y la Iglesia católica”, informó Leonardo Carrera Airola, académico de la Licenciatura en Historia de la Universidad Andrés Bello, sede Viña del Mar.

En tales circunstancias, el profesor mencionó que la Navidad no se reducía a una fecha en particular, sino que, como parte del ciclo temporal del tiempo litúrgico, formaba una sola unidad con el adviento (en la actualidad esto sigue siendo así, pero con la gran diferencia de que no afecta la vida diaria del grueso de la cultura occidental). “Esta pequeña cuaresma, como la denominó el padre Gabriel Guarda (1928-2020), estaba compuesta por las novenas del Niño Jesús, las veladas y villancicos que, en conjunto, disponían el corazón de los fieles y suscitaban en su ánimo un sentimiento de expectación por la Navidad, culminando con la festividad propiamente tal”, destacó Carrera. Lo sugerente es que, con motivo de esta celebración, la piedad religiosa podía devenir, sin nunca desaparecer del todo, en una lógica más bien secular (similar a lo que sucede hoy en día, aunque bajo otros términos y nunca en el mismo grado). Esto era así, concretamente, porque según el docente se estilaba armar “belenes” al interior de las casas, dando lugar a “concursos” entre la gente. Para la Iglesia lo anterior muchas veces daba pie a escándalo, de manera que esta práctica fue objeto de permanente moderación.

Testimonios Tempranos

Quien ofrece un testimonio temprano, a la vez que un cuadro sumamente vívido de la tradición navideña en Chile, es el padre Alonso de Ovalle (1603-1651) en su Histórica Relación del Reyno de Chile (1646), donde narra con cierto detalle las procesiones que se efectuaban con motivo de esta festividad, específicamente aquellas que tenían lugar “el día de la Epifanía y Pascua de los Santos Reyes Magos”, oportunidad en la cual un conjunto de andas tenían la misión de transportar “todo el nacimiento de Nuestro Redentor”. Así, en unas iba “el pesebre con la gloria, en otras el ángel que da la nueva a los pastores, y en otros varios pasos de devoción, y por remate los tres santos magos, que siguen la luz de una grande estrella, que va delante, de mucho lucimiento”. Como se puede apreciar, el tema central de esta procesión explica Carrera era la representación escénica del pesebre, la cual se montaba sobre la base de un realismo estético para que, de ese modo, no pareciese “artificio, sino cosa natural. Son las imágenes principales todas de estatura natural y algunas muy perfectas, y así causa muy gran ternura y devoción”.

Finalmente, cabe tener presente que la religiosidad popular chilena tenía un carácter mariano muy pronunciado (otra herencia de España), el cual hallaba en la festividad de Navidad una ocasión propicia para poderse manifestar. Las cantoras y los huasos, por ejemplo, en sus villancicos sobre la Sagrada Familia, solían dirigirse a la Virgen llamándola familiarmente “Mariquita” o “Comaire María”. Quien aproxima a la devoción mariana y a su acentuación durante esta fiesta es Alberto Blest Gana (1830-1920). En su novela El ideal de un calavera, publicada originalmente en 1863, quien transcribe una antigua canción navideña que califica de “modelo de la poesía popular que se cantaba, y se canta todavía, en los nacimientos”, citando los versos que siguen: “María, Virgen Perfecta. Por ver tu hijito, en mi yegua, vengo de Pichidegua galopando en línea recta”.

Fiesta Nacional

Se podría decir que, desde que la tradición occidental de esta festividad echó raíces en América, la Navidad se constituyó en una importante festividad religiosa para cada una de las colonias, tradición que, por lo demás, fue perpetuada por los Estados-Nación tras el proceso de independencia. “En tal sentido, cabe recordar que Chile fue un Estado confesional hasta la Constitución de 1925, de modo que no resulta antojadizo afirmar que, desde sus mismos orígenes republicanos, la Navidad se haya experimentado como una verdadera “fiesta nacional”, precisó el académico.

En consecuencia, lo que ha cambiado con el tiempo es el imaginario social detrás de la Navidad, la forma en que la sociedad piensa, vive y representa esta festividad. De acuerdo con el sociólogo Hernán Godoy Urzúa (1920-1997), el sentido primigenio de la tradición navideña empezó a modificarse en el transcurso del siglo XX con el empleo de símbolos “ajenos” a nuestra realidad, como el pino nevado y la importación de “Santa Claus”, si bien este último adoptó, por lo menos, la idiosincrática expresión de “Viejito Pascuero” (aunque cada vez más en desuso, otro síntoma de la pérdida de los “particularismos” que trae consigo el hecho de ser partícipes de una “aldea global”). “A partir de entonces, lenta pero progresivamente se ha ido pasando de la fiesta del Niño y de los niños a la fiesta de los adultos, de la adoración a Jesús recién nacido a la cena familiar, de la Nochebuena al pretexto comercial”, comentó Carrera. Agregó que “durante toda nuestra existencia republicana la Navidad ha sido una fiesta nacional, pero dinámica y no unívoca, ya que su carácter “sagrado” se ha secularizado, elocuente expresión, a nivel micro, del curso macro y general seguido por nuestra civilización cristiana occidental, si es que aún cabe concebirla y llamarla de ese modo”.


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